Recursos humanos

Recursos Humanos

Jesús Ramón Ibarra

¿Qué ofrece hoy a la nueva narrativa nacional un país como México? Entre otras cosas, la revisión histórica de sus gestas (a partir de una redimensión del presente convulsivo), la renovación de sus símbolos, la manutención de una mitología popular inacabable, la noción de la derrota como estrategia, la bonanza del crimen organizado y su épica contracultural (la institución de la ilegalidad, la depredación de una vida social mermada por las desatención permanente de las autoridades, la corrupción inabarcable de las estructuras de poder). Mención aparte merece la vida íntima de su burocracia, los personajes que conforman la vida oficinesca y cómo esta se ha convertido en un microcosmos que sintetiza la vida patria y su melodrama oficializado.                                                                            

México ofrece también las posibilidades de un idioma que ha ido evolucionando en el trasunto de un habla doméstica rica en giros. Dicho idioma es un signo de reconocimiento colectivo que, en la calle y en la canción popular, ha encontrado los mejores reductos para localizar abrevaderos tan singulares como el de la narrativa. Obras como la de Daniel Sada o Luis Humberto Crosswait, por hablar de una generación reciente de escritores, nace de las posibilidades de la lengua vinculada a su devenir diario en la plaza pública, en las transgresiones idiomáticas de la tribu, pero también en la música que la mantiene de pie frente al drama.                                                                                                                       

¿Qué han tomado los nuevos narradores del país como tema? En primera instancia, la industrialización del crimen a través de una novelística cuya dimensión aún no se condensa en la tradición literaria; en segundo lugar, el peso de lo cotidiano como catalizador de dramas intensos. En todos los casos, los escenarios donde transcurren estos dramas son universales y no se abocan a la noción estricta de la patria como telón de fondo, aunque no falte nunca la simbología reconocible, los accesorios de una territorialidad entrañable, la geografía íntima en la que los personajes vinculan su universo narrativo con la vida del autor. Cuando apareció el nombre de Antonio Ortuño entre los narradores latinoamericanos más prometedores, mencionados por la influyente revista Granta, pocos disintieron de dicha mención. Muchos, en cambio, reclamaron su lugar junto al tapatío. Su nominación se basaba en dos novelas, primordialmente, y en un puñado de cuentos distribuidos en libros de muy poca circulación. Una de estas novelas es Recursos humanos, finalista del Premio Anagrama 2007.

Recursos Humanos transcurre entre los pasillos  y las oficinas de una corporación encargada de impresión y diseño. Sin embargo, la razón social del corporativo apenas sirve para catapultar los rasgos característicos de sus dos personajes principales: la ambición de Gabriel Lynch, y el oportunismo arraigado en la conformidad de Constantino Castañeda. En un escenario digno de Kafka, aunque sin los entretelones de ese inexplicable poder laberíntico que permeaba la obra del checo, Gabriel Lynch nos ofrece el conmovedor retrato de un desclasado que, ante el ascenso de Constantino a un cargo que él cree merecer más que ninguno, comienza un descenso a su propia e inabarcable condición humana. Se trata de la historia de su odio, como lo señala Lynch casi al inicio del texto. Pero también se trata de la radiografía de una clase media desplazada por un corporativismo cruento, en una sociedad incapaz de la conmoción pública ante las injusticias. Recursos humanos, a pesar de su humor desinhibido, delirante, negro, y de una vocación de estilo que entremezcla con naturalidad y eficacia el lenguaje oficinesco, los chistes, el sentido clásico del discurso narrativo, es una novela seria. Su tema central es la inconformidad humana. Políticamente incorrecta, va más allá de lo kafkiano y no sólo eso: lo combate.

Sus personajes pelean más allá de los mecanismos de poder que aterrorizan su universo primario. Sus personajes no son cómodos como tampoco puede serlo la realidad. Se trata, sin duda, de una de las mejores muestras de una generación que ha sabido hacer exploraciones concisas a los entretelones del paisaje mexicano, pero también a los infiernos en los que la relación del hombre con el hombre nos transforma en inevitables bestias. 

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